La noche de los premios de Hollywood siempre es un espectáculo impecable, lleno de emoción, humor, discursos de agradecimiento y celebración del cine. Sin embargo, en esta ocasión, la gala dejó sensaciones contradictorias. Por una parte, el espectáculo fue como siempre, pero por la otra, una sensación de oportunidad perdida: la falta casi absoluta de reivindicación política en una gala que ha sido, al menos en algunos momentos, altavoz para posicionamientos valientes.
En un contexto mundial cargado de guerras, genocidios e injusticias sociales, la prudencia dominó la mayoría de discursos. Muchos de los premiados optaron por agradecimientos previsibles y palabras neutras, evitando cualquier referencia que pudiera incomodar a la industria, el Gobierno de Estados Unidos o al público. Esta ausencia de posicionamiento fue, precisamente, una de las críticas más repetidas después de la gala y, a mi parecer, una gran oportunidad perdida. La decepción fue inevitable, sobre todo en el apartado de sonido, donde la película Sirât había tenido opciones por las fantásticas Amanda Villavieja, Laia Casanovas y Jasmina Praderas.
En contraste con la prudencia general, hubo algunas excepciones. Entre ellas, la valentía de Javier Bardem, que no dudó al pronunciarse en contra de la guerra y a favor del pueblo palestino. Lo más revelador, sin embargo, fue observar quién sí que se atrevía a hablar claro: muchos de los discursos con contenido crítico venían de figuras que no trabajan habitualmente dentro del sistema de Hollywood. En definitiva, gente con menos a perder. Esta dinámica evidenció hasta qué punto la industria o los gobiernos de ultraderecha pueden fomentar la autocensura.
La gala también tuvo momentos de celebración justa. Uno de ellos fue el triunfo de Paul Thomas Anderson, que finalmente consiguió un Oscar después de años de nominaciones y siendo uno de los grandes cineastas contemporáneos sin premio de la Academia. O el premio por primera vez a una mujer directora de fotografía. También es para celebrar el Oscar a la maravillosa Amy Madigan, 40 años después de su primera nominación. Sin embargo, no todo el mundo salió reforzado. Timothée Chalamet partía como favorito, pero finalmente se quedó sin el premio.
Así, los Oscars de este año quedarán como una gala correcta pero poco arriesgada y llena de autocensura. Celebración del cine, sí, pero también silencio en un momento en el que quizá se esperaba y era totalmente necesario, algo más de voz.